LOS ANDES EN BICI

PASO SOCOMPA

Socompa nunca va a poder ser un simple paso fronterizo, una estación de tren abandonada o un nombre al pasar. Porque así como los salares, desiertos rojos y montañas milenarias que lo rodean, siempre va a tener la fuerza de lo inconquistable. Desde que nos conocimos con Javi, 13 años atras, Socompa había comenzado a trazar un rumbo en nuestra historia.

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LOS DATOS DEL CRUCE

INFORMACIÓN ÚTIL

Distancia total: entre Salar de Pocitos (Argentina) y San Pedro de Atacama (Chile), 462 kilómetros.

Terreno: desde Salar de Pocitos (Argentina) hasta Peine (Chile) el recorrido es de ripio y en varios tramos esta en pésimo estado, con arena suelta que hace difícil el avance, ya que no es un camino transitado por lo cual no tiene mantenimiento. El asfalto comienza en Peine (Chile) y continúa hasta llegar a San Pedro de Atacama(Chile).

Transito: es un paso que está cerrado para vehículos; desde Salar de Pocitos hasta Peine no hay tránsito, excepto algunas camionetas 4×4 de las mineras. Es fundamental saberlo, no para asustarse pero sí para salir con responsabilidad, ya que la mayor parte del camino se transita sin contacto con la civilización, ni posibilidades de recurrir a ningún tipo de ayuda.

Agua: del lado argentino los puntos donde obtener agua son Salar de Pocitos, Tolar Grande, Estación Caipe, Estación Chuculaqui, Puesto fronterizo Socompa. Del lado chileno la obtención de agua es difícil, por eso recomendamos transportar agua para dos días como mínimo.

Época: la mejor época del año para cruzar es entre septiembre y diciembre. Pero es necesario averiguar siempre con anterioridad si el paso se encuentra abierto. Recomendamos tener mayor cuidado en verano por las tormentas eléctricas y en invierno (mayo-agosto) por las nevadas y bajas temperaturas.

Viento: comúnmente comienza a partir del mediodía desde el oeste. Los vientos en Socompa son muy fuertes y sumados al camino en mal estado, las subidas y la altura, puede ser un factor que complique el avance. Pero no siempre es algo que pueda condicionar el recorrido. En nuestro caso la presencia del viento fue casi imperceptible. Pero es necesario tenerlo en cuenta y saber que es una dificultad muy probable.

CRUCE #07: 13 AÑOS CAMINO A UNA CARTA

DIARIO DE VIAJE

Era enero de 2003 y estábamos enamorados. Nos habíamos conocido hacía tan solo tres meses y aquella sensación magnífica que nos recorría cada partícula del cuerpo era lo único que podía importar. Pero entonces llegó el primer viaje, que sin saberlo ya empezaría a marcarnos. El se iba por primera vez al norte argentino de mochilero, con un amigo. Y aunque los cuerpos eran un éxtasis de primavera, galaxias y planetas chocando, con nuestros escasos 19 años, supimos que para que todo eso realmente perdure teníamos que hacer las cosas bien. Por eso, Javi me dijo “me voy” y yo, sonriéndole grandote y conteniendo el vértigo, le contesté “claro que si”.

Cuando, después de varios días, volvió despeinado, contento y lleno de experiencias nuevas, me dio una carta que había escrito durante un viaje en tren. Un viaje de cinco días en el tren de carga del ramal C14 con destino a Socompa. Y ahora es el momento donde la garganta se me hace nudo y la vista se empaña, porque fue la carta más linda que alguna vez me hicieron: empezaba con un “Princesa” dulce y tierno y seguía con una descripción de los lugares increíbles que estaba descubriendo, de los pequeños pueblos perdidos en la Puna y la gente hermosa que conocía a lo largo del recorrido, me hablaba de atardeceres en el desierto, de noches infinitamente estrelladas en los techos de un vagón, de las sensaciones nuevas e inexplicable que ese viaje le estaba dado, y por último casi como escribiendo el futuro, ponía: “Ahora, mientras escribo con agua en los ojos en medio de algún lugar perdido en la montaña, solo sé que la próxima vez que vuelva tiene que ser con vos”.

Se lo conoce como el Tren de las Nubes, porque nació así como su nombre, imposible, como historia de cuento. En el año 1921 la realización de unas vías a lo largo de 570 kilómetros de Cordillera que subían hasta los 4475 metros de altura, donde la única tecnología disponible era pico, pala, carretilla, barreta y dinamita, no era algo lógico. Pero el Ingeniero Maury, junto a cientos de obreros y trabajadores viales, lo creyeron real. Por eso Socompa nunca va a poder ser un simple paso fronterizo, una estación de tren abandonada o un nombre al pasar. Porque así como los salares, desiertos rojos y montañas milenarias que lo rodean, siempre va a tener la fuerza de lo inconquistable.

Después de cargar agua y saludar al único poblador que se veía por el pueblo, salimos de Salar de Pocitos. El primer objetivo era Tolar grande, un lugar con mucha carga emotiva para los dos. Conocíamos esa parte del camino porque no era la primera vez que andábamos por esa zona y la sensación de estar haciéndolo en bici era maravillosa. Teníamos que cruzar el Desierto del Diablo, donde una llanura rojo Marte se mezclaba con formaciones increíbles, y hasta ahí decidimos llegar ese día para acampar en medio de aquel lugar sacado de una película de ficción y poder disfrutarlo como lo habíamos imaginado.

Finalmente, un dia después de llegar a Tolar Grande, hablamos por última vez con nuestras familias, les avisamos que íbamos a estar un tiempo sin dar señales y salimos con las narices rojas de frío, por fin rumbo a Socompa: habían pasado 13 años desde aquella carta. Cruzábamos el desierto de Arizaro pedaleando despacio, envueltos del silencio mas lindo e intenso que pueda recordar. Las vías del tren nos acompañaban a un costado del camino y yo tragaba saliva, imaginaba a ese chico de 19 años, despeinado, con los pies colgando del vagón del tren y la mirada perdida en ese horizonte infinito, y me imaginaba también a mí con 19 años, a kilómetros de distancia, insensatamente enamorada, extrañándolo, preguntándome dónde y cómo estaría.

“La próxima vez que vuelva tiene que ser con vos…”

Lloraba suave, disfrutando las lágrimas. La vida me parecía tremendamente perfecta.

Caipe, Chuculaqui y la entrada a un nuevo mundo

El camino era una recta larguísima, rodeada de 1600 kilómetros cuadrados de salar y, más adelante, al final de aquella huella, un gran paredón de montañas se levantaba imponente como señalando la puerta de entrada a un nuevo mundo. El camino recto giró y dejó de ser tan recto, el salar fue quedando atrás y las piernas tuvieron que tomar protagonismo. Una subida larga y difícil nos llevaría hasta la estación Caipe. La podíamos distinguir a lo lejos, muy muy arriba entre las montañas, como pequeños puntos que significaban llegada, descanso y hogar. Cuando terminamos de subir un poco más aparecieron nuevamente las vías del tren y apareció Caipe. Las construcciones estaban completamente arrasadas por el tiempo. La recorrimos entre pisos que crujían y objetos oxidados. Era un lugar triste y maravilloso. Tenía el romanticismo y la lucha del hombre por conquistar imposibles, pero también la fuerza inabarcable de todo aquello que lo rodeaba. Abajo el Salar de Arizaro se apoderaba del horizonte entero, las luces se volvían rosas y celestes, las  construcciones dejaban de ser ruinas para camuflarse en el paisaje, y nosotros mientras tanto armábamos la carpa, tomábamos mate, preparábamos la cena, con movimientos mecánicos e irracionales. Porque también esa tarde quisimos abandonar el cuerpo para volvernos nubes, atardecer y montaña.

Al día siguiente, en vez de bajar nuevamente a la ruta, nos subimos a las bicis y abandonamos Caipe hacia Chuculaqui, la próxima estación que nos esperaba, por las antiguas y legendarias vías del ramal C14. Estábamos felices, si había algo que faltaba para completar ese viaje, era poder llegar pedaleando por las vías del tren, pero la ilusión duró apenas unos 200 metros, porque el camino firme quedó sepultado bajo piedras de todo tipo y tamaño. A partir de ese momento nos bajamos de las bicis, empezamos a empujar y no dejamos de hacerlo durante largas y agotadoras horas. Apenas pudimos, dejamos las vías y tomamos la ruta, pero las ruedas de las bicis se enterraban en la arena y la lucha eraexactamente la misma, solo que con un elemento natural distinto. Cuando doblamos una curva y apareció, la calma de la montaña se vio completamente interrumpida por dos ciclistas exhaustos que gritaban y saltaban sin reparos. Chuculaqui con su nombre milenario y su camino inalcanzable, nos mostró límites y fuerzas que aún desconociamos. Las ilimitadas fuerzas de la voluntad.

Donde vive lo absoluto

Hay un lugar donde el silencio es tan extraordinario que podés escucharlo, donde se levantan montañas tan fascinantes y majestuosas que la vista no logra apartarse de ellas y uno olvida hacia dónde va y de dónde viene. Hay un lugar que existe por sí mismo, independientemente de cualquier comparación o relación con cosas concretas. Donde vive lo absoluto.

Salimos de Chuculaqui con los cuerpos cansados, pero sin que eso importase demasiado. La mañana estaba hermosa, no había viento y eso ya estaba dejando de ser un golpe de suerte para convertirse en un premio merecido: al chico de 19 años y su carta de amor, al tiempo esperado y compartido, a los obstáculos y distracciones superadas, al creer ilógico y desgastante de utopías inalcanzables, a no haber olvidado el camino. No había viento, porque Javi con los ojos aguados y el corazón entero puesto en un trazo, 13 años atrás, lo había pedido.

El recorrido que ese dia nos llevó hasta Socompa lamentablemente deja de ser un relato posible. Podría contarles de caminos serpenteantes que subían y bajaban montañas eternas, en medio de uno de los paisajes más colosales y asombrosos que se pueden llegar a imaginar. Intentar describir el sonido del silencio, el aire espeso entrando a los pulmones, la aridez de la piel curtida por el sol y el frío. Mostrarles la imagen de lo que éramos, de lo que sentíamos: solo un pequeño y diminuto punto en lo absoluto. Pero aun así nada de lo que escriba o muestre lograría la descripción exacta, cuando lo que se vive es tan profundo e intransferible.

Llegamos a Socompa y nos esperaban Gendarmería y Carabineros, con la humildad y la generosidad a la que nos tienen acostumbrados, éramos las primeras personas que los visitaban ese año, así que nos obligaron a quedarnos un día más, para poder comer pan casero y compartir historias. La mañana que nos fuimos y cruzamos a Chile, nos entregaron un papel escrito a mano, con nuestros nombres y tres palabras que nunca más nos iban a sonar de la misma forma: “Paso Portezuelo Socompa”.