LOS ANDES EN BICI

PASO PIRCAS NEGRAS

Cuando la realidad se vuelve uno de los mejores cuentos que se hayan escrito, es cuando finalmente comenzás a entender que la única forma de saber de qué trata tu vida es animándote a experimentarla.

Pircas Negras fue una de esas increíbles historias.

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LOS DATOS DEL CRUCE

INFORMACIÓN ÚTIL

Distancia total: entre Copiapó y Villa Unión, 430 km.

Terreno: desde Copiapó, Chile, hay unos 28 km de asfalto hasta tomar la ruta hacia el paso Pircas Negras. A partir de ahí el camino es de ripio en muy mal estado, que irá mejorando hasta volverse firme a los 43 km, aproximadamente. Luego, la ruta se mantendrá en buen estado y del lado argentino irá variando entre tramos de asfalto y ripio.

Tránsito: del lado chileno la ruta es muy transitada por camiones y camionetas de mineras hasta la bifurcación de La Guardia. A partir de ahí el tránsito desaparece casi por completo y es muy extraño cruzar algún vehículo. Recién se vuelve a ver movimiento vehicular a partir de Barrancas Blancas, el puesto fronterizo que se encuentra del lado argentino, y una vez llegados a Laguna Brava es muy habitual cruzar caravanas de vehículos de turistas.

Agua: del lado chileno se puede reponer agua en algunas fincas, obradores y puestos de comidas, o pedir a los camiones y camionetas de las mineras. A partir de la bifurcación en La Guardia se podrá reponer en la vega que se encuentra frente al puesto abandonado de migración chilena. Del lado argentino los puntos son: Barrancas Blancas; Refugio El Peñón (tubo al costado del camino, unos cientos de metros rumbo a Vinchina); El Jagüel; y Vinchina.

Época: la mejor época del año para cruzar es entre septiembre y diciembre. Se puede hacer en otros meses averiguando con anterioridad si el paso está abierto y es necesario tener mayor cuidado en época estival (enero-febrero) con las tormentas eléctricas y aludes, y en invierno (mayo-agosto) con las nevadas y bajas temperaturas.

Frontera: el puesto fronterizo se encuentra unificado en Barrancas Blancas del lado argentino.

Viento: comúnmente comienza a partir del mediodía desde el oeste. Es fuerte y constante. En el valle donde se encuentra Laguna Brava los vientos no tienen reparo, por lo que se considera una zona muy complicada en ese aspecto.

CRUCE #03: ``COMO CUENTO DE JULIO VERNE``

DIARIO DE VIAJE

Lo primero que vi al abrir los ojos fue un enredo de ramas, hojas, uvas y el sol intentando asomarse por cada pequeño huequito que encontraba, creando los efectos de una bola de boliche en absolutamente todo lo que nos rodeaba. Tuve que esperar algunos minutos para que la cabeza recuerde, se ubique y así comprender dónde estábamos. Era algo que nos pasaba muy habitualmente, tanto como cada mañana que despertábamos en un lugar distinto. Era temprano y aun así ya hacía calor, abrí la bolsa de pluma y me quedé boca arriba. Era un parral hermoso, sus hojas verdes en contraluz, el sonido de las gotas que muy lentamente lo regaban. “¿Cómo puede importarme dónde estoy si me despierto bajo un techo de uvas?”. Permanecía en silencio porque Javi dormía, pero me hablaba  suavecito y por dentro, mimándome con palabras, tragando de a sorbos todos aquellos rayitos de luz que entraban a través del parral.

Hacía sólo tres días estábamos en medio del Paso San Francisco, con la mandíbula tiritando por el frío y el aliento haciendo humito. Ahora nos despertaba el calor debajo de un parral. Era 4 de febrero y la sensación térmica nos hacía desear desesperadamente subir unos metros sobre el nivel del mar. Estábamos en Chile a tan solo 30 kilómetros de Copiapó, rumbo al paso Pircas Negras.

Nos habían contado que durante los primeros kilómetros el camino estaba en muy mal estado a causa del terrible aluvión que había afectado toda la zona en 2015. Y no hubo más que pedalear algunos metros para entender que esta vez no habían exagerado. Hacía un calor insoportable, la transpiración nos empapaba la vista, íbamos desquiciadamente lento porque teníamos un desnivel de 1400 metros y el camino era realmente ES-PAN-TO-SO.

Del lado chileno el agua no sobraba, por eso a pesar del peso intentábamos transportar la mayor cantidad posible. Javi llevaba 14 litros, yo 12, y aunque a veces no fuera necesario reponerla , lo hacíamos sin dudar cada vez que se presentaba oportunidad, porque el no saber con seguridad si llegaríamos a encontrar más arriba, nos hacía cargar litros y litros de precaución líquida.

Varios kilómetros más adelante la ruta se hizo curva y apareció un oasis. Entre todo aquel paisaje de rocas, tierra y arena, se levantaba una finca verde, llena de frutas y verduras. Era la finca de los Salinas. Nos frotamos los ojos para corroborar la realidad y supimos que el día de pedaleo había terminado. Los Salinas eran una familia hermosa que nos recibió entre risas y chistes. El abuelo era el único que vivía permanentemente allí, pero los hijos y nietos lo visitaban durante el verano y se quedaban a ayudar para que aquel maravilloso lugar permaneciera eternamente en el tiempo, como lo hacía desde que sus  tatarabuelos tuvieron la loca idea de creer que a base de perseverancia, paciencia y amor, la vida crece, a pesar de desiertos o inclemencias. Y sólo había que verlos o escucharlos para entender que su legado había sabido perdurar a lo largo de las generaciones.

El camino mejoró notablemente y, como en la Cordillera nada es gratis, comenzaron las subidas. Primero fue la Cuesta del Castaño, compuesta por curvas de durísimas pendientes. Pero mucho más adelante, al llegar al puesto abandonado de migración chilena y mirar hacia arriba para ver por dónde continuaba el camino, con el cuello muy estirado, supimos que aún no habíamos empezado a subir. La Cuesta del Ángel, le decían, y fue sin lugar a dudas la más dura y hermosa que tuvimos que afrontar. Las pendientes que de lejos metían miedo, de cerca parecían directamente imposibles, las curvas subían más y más arriba, y uno perdía la noción de dónde terminaría la montaña y empezaría el cielo. Tardamos cuatro horas y media en recorrer los 12 kilómetros que finalizaron en un enorme grito de cumbre. Nos abrazamos tambaleando, con la respiración agitada y el viento frío pegándonos en el cuerpo. Era uno de esos festejos cortos e inolvidables que te dan las cumbres, que te da el superar tus imposibles.

La bajada fue mucho más corta de lo que habíamos imaginado y para cuando nos dimos cuenta ya estábamos trepando otra vez. Con los músculos cansados de viento y subidas, llegamos al límite internacional. De un lado Chile, del otro Argentina. Bailamos en los dos para que no se pusieran celosos. Entre ripio y esporádicos manchones de asfalto seguimos hacia el puesto fronterizo Barrancas Blancas, y 25 kilómetros después, mientras el sol se escondía definitivamente entre los cerros, agotados y felices, llegamos. En Barrancas Blancas estaban los chicos de Vialidad. Ellos nos dieron un refugio con camas, sopa de verduras y las charlas a las que todos esos trabajadores nos tenían tan acostumbrados. No importaba en qué parte del mapa nos encontráramos, llegar a un refugio de Vialidad para nosotros ya era como estar en casa.

A la mañana siguiente, después de los abrazos y las despedidas, dejamos Barrancas Blancas para continuar hacia Laguna Brava, un lugar muy especial para nosotros. La reserva provincial Laguna Brava es uno de los grandes tesoros de la Cordillera. En medio de un extenso y árido valle de piedras volcánicas, vigilado por enormes montañas nevadas como El Piscis y El Veladero, se encuentra aquel espejo de agua y sal. El cielo se refleja en la laguna y una gran familia de flamencos rosados parece picotear la nubes.  

La primera vez que llegamos con nuestro auto hasta aquel lugar que parecía sacado de un cuento de Julio Verne, no pudimos evitar sentirnos invasores. Los ruidos del motor, la ruedas dejando huellas. Entre los sitios que conocíamos, ninguno nos había causado tanto respeto. Pero esta vez era distinto, ya no íbamos sobre motores ruidosos que nos transportaban sin esfuerzo por la montaña, ni ventanillas que nos reparaban del viento. Llegábamos en bici, cansados y dóciles, con la piel curtida y la emoción llenando los ojos. Entre subidas y músculos rígidos nos habíamos ganado el derecho de estar en aquella laguna para mirarla sin culpas y decirle que, a veces, los hombres no buscamos conquistas, sino simplemente poder descubrir la paz que nos da lo que alguna vez fuimos.

Cuando después de muchos días llegamos al asfalto, el aire caliente nos recordó que abajo era verano riojano. Ufff… el choque fue duro. En sólo algunas horas pasamos de la pluma y las medias térmicas a desesperarnos por un poco de sombra y una Coca-Cola bien helada. ¡Bendita Cordillera y sus alturas!

95 kilómetros más y finalmente Vinchina. Teníamos muy claro cuál era la prioridad, por eso íbamos despacito y cabeceando de un lado para el otro por las calles del pueblo, hasta que finalmente lo encontramos, frenamos de golpe, apoyamos las bicis donde pudimos y entramos: “¡Buenas tardes! 150 de salame, 200 de queso, 100 de paleta y medio kilo de pan, por favor”. Abrí la heladera de bebidas del mercadito y el aire fresco me provocó unas ganas incontenibles de meterme adentro y cerrarla, pero el paquetito de fiambre me recordó que tenía algo muy importante por delante, así que continué, toque una a una las gaseosas para medir frescuras y agarré la de atrás de todo.

La plaza de Vinchina era grande, tenía pasto y sombra. Para muchos una plaza como tantas otras; para nosotros el paraíso. Por eso creo que si hoy me dieran el más elaborado e increíble plato del mundo, nunca podría equipararse al placer que sentí aquel día.

Porque a veces sólo hace falta estar atento o viajando en bici para entender que lo más maravilloso de la vida se compone de cosas tan simples como un sándwich de salame y queso con gaseosa bien helada en la plaza de un pueblo.