LOS ANDES EN BICI

PASO AGUA NEGRA

Si de pequeña me hubieran preguntado cómo imaginaba mi futuro, se me podría haber ocurrido un sinfín de ideas extraordinarias. Pero algo que aprendí en este cruce es que, muchas veces, la realidad puede superar ampliamente a la imaginación.

El Paso Agua Negra nos dejó una de las historias más lindas que podríamos contar.

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GALERÍA

LOS DATOS DEL CRUCE

INFORMACIÓN ÚTIL

Distancia Total: entre Rodeo (Argentina) y La Serena (Chile). 330 kilómetros

Terreno: ruta de asfalto y ripio.

Tránsito: es un paso muy transitado por turismo que cruza a vacacionar a La Serena. Se recomienda ir atento, porque es normal cruzar vehículos que circulan a gran velocidad sin reparar en curvas, ripio y aún menos en ciclistas.

Agua: hay varios puntos en donde se puede conseguir agua al costado de la ruta. La reposición de agua en este paso no es un problema.

Época: la mejor época del año para cruzar es entre septiembre y diciembre. Se puede hacer en otros meses averiguando con anterioridad si el paso está abierto y es necesario tener mayor cuidado en época estival (enero-febrero) con las tormentas eléctricas y aludes, y en invierno (mayo-agosto) con las nevadas y bajas temperaturas.

Viento: comúnmente comienza a partir del mediodía desde el oeste. En el límite internacional, donde se encuentra el punto más alto del paso, los vientos se sienten con mayor intensidad y no hay dónde repararse.

Otros datos: del lado chileno el camino se divide en dos. Por uno descienden los vehículos que se dirigen desde Argentina a Chile, y por el otro ascienden los vehículos que van desde Chile hacia Argentina.

CRUCE #05: ``CUANDO SEA GRANDE...``

DIARIO DE VIAJE

Cuando sea grande voy a ser una señora petisita mirando el atardecer desde la galería de alguna casa con ventanales y olor a madera, acompañada de perros, nietos y un Javi rezongón y apasionado, a la que le va a encantar repetir entre sus historias favoritas que una vez, hace ya mucho tiempo, pedaleó entre glaciares para llegar al mar.

Era el quinto cruce y el más alto. Agua Negra se eleva hasta los 4780 metros sobre el nivel del mar.

Arrancamos desde Rodeo y su famoso embalse Cuesta del Viento. La ruta de asfalto comenzaba larga, infinita, para finalmente perderse en un paredón enorme de montañas nevadas. Javi lo señalaba entusiasmado y con los ojos bien abiertos me decía “¡Por ahí vamos a cruzar, Sol, por ahí arriba!”. Yo lo miraba a él, volvía a mirar las montañas y quizás por simple engaño psicológico o porque aún no terminaba de asimilar que en algún momento me había convertido en una mujer que sube montañas en bici, le restaba importancia, me parecía imposible, ilógico. Nosotros acá, tan chiquitos y ellas ahí arriba, inmensas con sus hielos y nieves eternas. “Mejor no pensarlo, pedaleá y dejá que el camino te sorprenda”.

Aquel primer día llegamos hasta el puesto de control argentino, a unos 60 kilómetros de Migraciones, y paramos a tomar unos mates y a comer algo. Aún era temprano, 16 kilómetros más arriba había un paraje, podíamos seguir. Pero como siempre, la charla con los gendarmes se extendió más de lo conveniente, la tarde empezó a caer, los chicos nos invitaron a quedarnos en el puesto y los planes se modificaron.

Al otro día, la idea era llegar hasta la Quebrada de San Lorenzo, donde comienza la construcción del túnel Agua Negra. Se encontraba a 4300 metros sobre el nivel del mar y, por lo que habíamos averiguado, podíamos acampar refugiados del viento. Las subidas comenzaron largas y tranquilas y así continuaron. A medida que subíamos, el paisaje empezó a cambiar, las montañas nevadas que durante la tarde anterior parecían lejanas e inalcanzables, ahora nos rodeaban, para hacernos levantar la vista, reafirmar el pie sobre el pedal y respirar profundo. Manteníamos un ritmo lento y disfrutable, pero íbamos pendientes del camino. La lógica de la Cordillera durante los pasos anteriores nos pronosticaba que en algún momento nos iba a empezar a costar. Para nosotros, la idea de cruzar por el paso más alto de Los Andes sin esfuerzo no era una opción posible. Subimos varios zigzag, la ruta de asfalto se convirtió de ripio, un grupo de trabajadores de Vialidad nos invitó a comer pollo con arroz, recolectamos agua de deshielo, y el camino nunca, pero nunca, se puso difícil. Para cuando llegamos a la Quebrada de San Lorenzo estábamos contentos y algo desconcertados. Habíamos subido hasta los 4300 metros sobre el nivel del mar sin ninguna dificultad. “Qué raro”, pensamos. “Tan raro que asusta”. Aún nos quedaban unos 400 metros de desnivel hasta llegar al límite internacional que se encontraba a tan solo unos 22 kilómetros de donde estábamos. Parecía demasiado sencillo para ser cierto. Lo que venía adelante tenía que ser duro, no había alternativa.

Nos despertamos temprano, convencidos de que teníamos un difícil y largo día por delante, pero lo raro era que no estábamos nerviosos ni preocupados, porque lo único que en verdad nos importaba es que por fin íbamos a poder pedalear entre glaciares, y el entusiasmo nos hacia desayunar rápido, con la sonrisa ansiosa de un niño.

Cuando sea grande, les decía, durante las tardes, cuando el sol empiece a caer y el cielo se vuelva de colores inexplicables, en la galería de una casa con ventanales y olor a madera nos vamos sentar con Javi, nuestros perros y nietos a contar historias como estas:

“…Después de algunas curvas, el camino se abrió y pudimos verlo entero. Frente a nosotros se levantaba un cordón gigante de montañas con hermosos glaciares. Paramos las bicis y miramos hacia arriba con el cuello muy estirado. El camino subía, daba vueltas y volvía a subir. Del otro lado nos esperaba el Océano Pacífico, sus olas pegando en la playa, la arena tibia en los pies. Pero aún de este lado, teníamos un hermoso e infinito paredón de hielo y piedras por cruzar. Su abuelo ya lo estaba disfrutando, tenía la sonrisa pícara y la respiración ansiosa de los desafíos, se subió rápido a la bici porque ya no podía esperar, porque si había algo que lo hacía despertarse cada día de su vida con el entusiasmo ridículo de un niño de la edad de ustedes, eran las innumerables cimas de paredones con montañas nevadas y hermosas que le quedaban por descubrir. Lo vi alejarse hasta hacerse un pequeño y diminuto punto en lo inmenso de aquel paisaje. No era la primera vez que me guardaba esa imagen y la alegría que me hacía cosquillas en la panza me confirmaba que aún faltaban muchas más para que sea la última. Subíamos con la vista clavada en los glaciares que esperaban arriba, y para cuando nos dábamos cuenta y volvíamos la mirada hacia el camino, nos sorprendíamos por lo alto que ya habíamos llegado. Su abuelo me gritó ‘¡Mirá las nubes!’ y lo primero que hice fue mirar sobre mi cabeza, pero él volvió a gritarme señalando hacia adelante ‘¡Las nubes, Sol!”, y cuando baje la vista estaba pedaleando entre vapores blancos y esponjosos. Porque se puede pedalear entre las nubes, pero ustedes nunca quieren creerme. Finalmente doblamos una nueva curva y aparecieron. Yo inmediatamente me puse a cantar una canción sobre penitentes que no rimaba en lo absoluto, porque las grandes alegrías siempre tienen esas respuestas inesperadas. Estaban a unos pocos metros de distancia, eran grandes, puntiagudos, bellisimos. Dejamos las bicis a un costado, nos acercamos despacio y apoyamos la mano en el hielo. El frío nos recorrió todo el cuerpo, la espalda, el pecho, las tripas. Había sonido a gotas y el aire helado nos erizaba la piel. Estábamos felices, en ese estado de felicidad única e intransferible, porque era ese momento exacto en el que por primera vez llegábamos pedaleando juntos hasta un glaciar por encima de las nubes en nuestro quinto cruce de Cordillera y sabíamos perfectamente que ese momento no iba a volver nunca más. Así que bailamos entre penitentes, para alargar la alegría y hacerla eterna, bailamos despreocupados, con movimientos torpes y absurdos, para que dure un poco más, para que la cordura se sintiera rara y ajena, y nosotros, unos locos felices”.

El paso de Agua Negra es uno de los pasos Internacionales más altos del mundo. Pero, contrariamente a lo que esperábamos, fue uno de los más fáciles y disfrutables que nos tocó recorrer. Llegamos hasta el límite con viento en contra, festejamos rápido y empezamos a bajar. No quedaban muchas horas de luz y la idea era intentar dormir lo mas bajo posible para escaparle a las alturas, sus vientos y fríos nocturnos.

La bajada con atardecer incluido fue el cierre de un día perfecto. Encontramos una quebrada con arroyito y frenamos al mismo tiempo. Esa noche la luna también quiso ser parte del festejo y salió llena, brillante y hermosa. Nos quedaban algunos kilómetros de ripio con subidas y bajadas constantes hasta el puesto de migración chileno, y un embalse turquesa que invitaba a tirar las bicis y zambullirnos a nadar en agua helada y transparente. Despues de migración la ruta se volvió asfalto y bajada:

“… Atravesamos el Valle del Elqui y los árboles de higo nos provocaron retrasos imposibles de evitar. Pedaleamos apurados y ansiosos, podíamos sentir el olor de la sal, las olas rompiendo en la playa. Después de cinco días, finalmente llegamos al Pacífico. Su abuelo se bajó de la bici, se quitó la ropa y corrió por la playa hasta el mar sin detenerse. Cualquiera que lo haya visto ese dia saliendo del agua y revoleando los pelos mojados sin dejar de sonreír, seguramente no pueda recordarlo. Pero por suerte yo estaba ahí, para llevarme cada segundo conmigo, para siempre.”